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HISTORIA DE Ayora
Los documentos más extraordinarios de la Prehistoria ayorina son sus estaciones con arte rupestre prehistórico de las que tiene una aceptable representación y fue esta localidad la primera de toda la Comunidad Valenciana en que aparecieron los dos artes postpaleolíticos más importante: el Arte levantino, expresión creencial de los últimos cazadores-recolectores epipaleolíticos (hace 10.000 años) y el Arte esquemático, manifestación igualmente creencial de los grupos productores neolíticos (hace 6.500 años). Su gran descubridor científico fue el maestro de Bonete Pascual Serrano Gómez (descubridor también en 1910 de la Cueva de la Vieja (Alpera, Albacete), en 1911 con el hallazgo de la Cueva de Tortosillas y los abrigos del barranco del Vizconde. Por aquellos años, el investigador galo Henri Breuil dio a conocer las pinturas del Bco Hondo - hoy mencionadas como Abrigo de Pedro Mas- y la Cueva del Rey Moro en el Castellar de Meca. Más recientemente se descubrió el interesante friso del Abrigo del Sordo. Del valor tan relevante de estas manifestaciones se apercibió la UNESCO, en 1998, al declararlas Patrimonio Mundial bajo el nombre administrativo convencional de arte prehistórico del arco mediterráneo de la Península Ibérica (Fuente: Associació Catalana d´Art Prehistòric, ACAP)
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Historia
La historia reciente de Ayora está marcada tanto por su situación política fronteriza entre el Reino de Castilla y la Corona de Aragón desde la Reconquista como por su situación geográfica en la cabecera de un valle significativamente aislado.
Después de un periodo histórico común con el resto del sureste peninsular, tan solo destacable actualmente por restos pictóricos y funerarios de cierta importancia (incluyendo diversas cuevas con arte rupestre) y sobre todo por el –éste sí merecería capítulo aparte– muy destacable "Mugrón de Meca" o "Castellar del Mugrón de Meca" con restos de una muy importante población íbera –y/o celtíbera¿?– (en un altiplano cercano a Castilla), que posteriormente fue romana y en menor medida árabe (en esa época se decidió bajar a habitar el llano y los restos en esta zona se dispersan), llegó la "reconquista" de los reinos cristianos del norte.
Este periodo sí marca la historia contemporánea de Ayora y su entorno. Conquistada en primera instancia por Aragón (Jaime I) y cedida poco después a Castilla en virtud de tratados de reparto de los nuevos territorios arrebatados a los árabes, pasó menos de 40 años bajo bandera castellana.
Ayora ha sido escenario de la presencia humana desde sus más remotas manifestaciones.
En su término se encuentran vestigios de la prehistoria, destacando una serie de estaciones del Neolítico (el bancal de los Infiernos y la cueva del Duende), del Bronce (Cerro de la Marta, Puntal del Olmo Seco) y de la cultura Ibérica, destacando especialmente el Castellar de Meca, impresionante ciudad-fortaleza de piedra, única en su género por la extensión de su camino y sus múltiples aljibes y almacenes, todos ellos labrados en la roca madre del cerro. En él se han hallado fragmentos de cerámica, monedas y otros objetos.
La llegada de las legiones romanas y la progresiva latinización, trajo consigo la decadencia del poblado ibérico y la ocupación de las tierras bajas, estableciéndose nuevos asentamientos en los llanos, al amparo de la larga pax romana. Aunque se han encontrado varios yacimientos de época romana (Los Palancares, los Arcellares, la Casa del Collado de San Juan, Casas de Madrona, Casas del Hondo, Villa de la Hunde, San Benito y Casa del Baile), desconocemos si hubo un núcleo de población importante en la zona de Ayora, y que nombre tenía. No obstante, algunos han querido identificar a Ayora con la Axenia, de la que habla el historiador griego Appiano en sus "Ibéricas", mercado celtíbero que fue sitiado por Fulvio Novilior antes de la toma de Numancia, lo que ha llevado a que desapareciera cualquier resto que sirviera para dar su exacta ubicación.
La posterior entrada de los pueblos visigodos nos es totalmente desconocida, ya que apenas nos han llegado vestigios de la época, aunque si se puede suponer que fue una irrupción violenta.
La ocupación musulmana del siglo VIII tuvo especial trascendencia en Ayora. En el 790, tras la muerte de Teodomiro, señor de la zona, el Valle pasó a incorporarse al Emirato andalusí y posteriormente al califato de Córdoba. A Ayora llegaron pobladores islamitas, que coexistieron pacíficamente con los cristianos, conservando estos últimos su religión y sus costumbres. Esta coexistencia, garantizada por varios privilegios, se mantendrá hasta 1609 con la expulsión de los moriscos. Los árabes llamaron "Anadar Liaura" al Valle, expresión que quiere decir "valle desde donde se mira la Villa de Ayora".
De la prolongada y enriquecedora permanencia islámica quedan restos del importante sistema defensivo que crearon (construcción o remodelación de los castillos de la zona), barrios con callejas estrechas y tortuosas (como el barrio de los Altos, en el que estuvo la antigua mezquita) y una abundante acumulación toponímica.
Con la expansión conquistadora de los reinos cristianos medievales, la lucha por la posesión del Valle enfrenta con frecuencia a castellanos y aragoneses y estas tierras cambian a menudo de dueño retornando, en ocasiones, a sus señores musulmanes. Estos encuentros y disputas fronterizas se resuelven con la reconquista por el rey Jaime I, el Conquistador, que la cede a Castilla en el Tratado de Almizra (1244), por lo que la repoblación se lleva a cabo desde el primer momento por castellanos, lo que explica el habla castellana de la comarca. Los musulmanes de Ayora –convertidos ahora en mudéjares y posteriormente en moriscos– tuvieron que abandonar el núcleo principal, construyendo un arrabal fuera de los muros de la villa: "la morería" –actual barrio de Santa Lucía–.
La pertenencia al Reino de Castilla se mantendrá hasta 1281, con la firma del Tratado de Campillo entre el rey castellano Alfonso X el Sabio y Pedro III de Aragón, por el que se cede el Valle como compensación de guerra por la ayuda prestada en la pacificación de la revuelta morisca. No obstante, la definitiva integración de Ayora en el Reino de Valencia, dentro de la Corona de Aragón, no se fija hasta la firma del acuerdo de Elche en 1305, durante el reinado de Jaime II.
Bajo el reinado de Jaime II, y por un nuevo tratado que definía las fronteras entre las coronas cristianas, Ayora quedó definitivamente ligada a la Corona de Aragón.
Los sucesivos señores del Valle concedieron varios privilegios, dada su posición estratégica y su carácter fronterizo, destacando el Privilegio rodado de Alfonso X de Castilla (documento más antiguo conservado en la Villa) que recoge una serie de concesiones o franquicias que el rey otorga a Ayora.
Aunque Ayora pertenezca definitivamente al Reino de Valencia desde 1305, debido a su situación fronteriza se vio envuelta en las guerras entre Castilla y Aragón a lo largo del siglo XIV, sobre todo en el conflicto dinástico que enfrentó a Pedro I de Castilla y Pedro IV de Aragón, siendo invadida y asediada en repetidas ocasiones. Una vez finalizada la guerra con el asesinato de Pedro I, Pedro IV dividió el reino de Valencia en dos provincias: Valencia y Orihuela, quedando el Valle en la primera.
El siglo XIV destacó también por la aparición de epidemias de hambre y peste en 1392, marco en el que surge el milagro del Ángel de Ayora, cuya tradición ha llegado hasta nosotros.
Durante ese período el señorío de Ayora pasa por varias manos, hasta que en 1491 es comprado por Rodrigo de Mendoza, marqués del Zenete. Su hija y heredera, Mencía de Mendoza y Fonseca, mujer muy culta y de gran formación, tuvo una gran influencia como Señora de Ayora, la villa y su castillo, ya que gracias a ella llega la influencia del Renacimiento, plasmada en el inicio de la construcción de la Iglesia Parroquial y en la llamada "puerta falsa" del castillo, construida por mandato suyo. Tras su muerte, sin descendencia, la heredera fue su hermana María, que contrajo matrimonio con Diego Hurtado de Mendoza. Con el hijo de ambos la villa entró en la casa del ducado del Infantado, en la que perduró hasta el siglo XIX.
La promulgación del edicto de expulsión de Felipe III (1609), que disponía la obligatoriedad de que todos los moriscos fueran expulsados, y los duros términos que contenía provocó levantamientos en toda la comarca donde, a excepción de Ayora, eran mayoría. Refugiados en la Muela de Cortés, al amparo de baluartes naturales de fácil defensa, se oponen a la violencia institucional, luchando desesperadamente, proclamándose su caudillo Turigi, rey de Ayora. Al fin, sofocada la rebelión, no sin grandes esfuerzos y pérdidas de las partidas reales, Turigi es ajusticiado en Valencia y los moriscos son definitivamente expulsados.
Esta expulsión tuvo graves consecuencias, ya que agravó el problema de la despoblación, con la consiguiente ruina de la agricultura y demás actividades económicas, situación que se prolongara durante los siglos XVII y XVIII, ya que los vacíos provocados por el decreto no fueron cubiertos por gentes de Valencia, que no disponía de suficientes recursos demográficos ni, al parecer, había tampoco buena disposición popular a ocupar tierras tan duras y apartadas. Se recurre entonces a familias castellanas, principalmente manchegas, que acuden a trabajar las empobrecidas tierras. Esta lamentable situación se ve agravada por los problemas de sequías, hambres y epidemias.
El conflicto internacional de la guerra de Sucesión a la corona de España (1701-1715) entre Felipe de Anjou –el futuro rey Felipe V– y el Archiduque Carlos afectó directamente a la villa, por su proximidad a Almansa, al verse afectada por los efectos bélicos preparatorios a la confrontación en la Batalla de Almansa (1707) que supondrá la victoria definitiva de Felipe V. El apoyo ayorino a la causa del archiduque Carlos fue duramente castigado con el sitio de las tropas borbónicas felipistas, dirigidas por el conde de Pinto, el asalto a la villa y el incendio del castillo. A la destrucción del castillo se suman las pérdidas humanas y económicas –cultivos destrozados y viviendas saqueadas–. Asimismo se destruyó parte del archivo Parroquial y casi la totalidad del archivo municipal.
Con los Borbones –de 1707 a 1789– el valle perteneció a la gobernación de Valencia. En 1789 con la división del Conde de Floridablanca se creó el "Govern, Partit o Corregiment de Cofrents", perteneciendo Ayora al arzobispado de Orihuela.
De esta época, finales del siglo XVIII, podemos conocer la situación de la villa por las observaciones recogidas por el geógrafo Cavanilles en su obra "Observaciones... del Reino de Valencia".
Con la dominación napoleónica el Valle pasó a pertenecer a la Prefectura del Cabo de la Nao, y se volvieron a repetir los desmanes de la guerra. En julio de 1808 el pueblo llano se amotinó y asesinó al Alcalde Mayor. El gobernador de Valencia envió tropas, ejecutando a garrote vil a los cabecillas de los amotinados. En mayo de 1812 las tropas francesas saquearon la villa, apoderándose del convento de Santo Domingo, y de nuevo fue saqueada en septiembre. La reacción de los vecinos fue la de atacar a los franceses aprovechando todo tipo de estratagemas.
En 1822, con la división provincial, se incluye al Valle en la provincia de Játiva, y en 1833, con la configuración de las actuales provincias, queda incluido en la provincia de Valencia.
Años más tarde, las guerras carlistas salpican repetidamente a los habitantes de la villa, con acciones de bandidaje, represalias o recluta de fuerzas, ocasionados por las partidas carlistas que atravesaban el valle.
A finales del siglo XIX y principios del XX, hubo un aumento considerable de la producción agrícola y un débil intento de industrialización que no acabaría de consolidarse. Se crearon pequeñas industrias complementarias de la agricultura, que se traducen en un auge demográfico, que se mantiene hasta la crisis de los años 20. La Guerra Civil Española se vivió de forma trágica, por las continuas represalias y saqueos. La posguerra trajo consigo nuevas dificultades, a pesar de cierto aumento demográfico motivado por el reflujo de la ciudad al campo a causa del hambre, y al final de los cincuenta la regresión económica y demográfica es muy acusada, aunque con tímidos intentos de superación como la creación del sector textil, la diversificación de los servicios y la construcción de la Central nuclear de Cofrentes.
En los últimos 25 años son destacables dos trágicos sucesos: el gran incendio forestal de 1978, que arrasó toda la Sierra, y las inundaciones de octubre de 1982.
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